Jesús Maeso de la Torre: Comanche (Séptimo de Burrería 8)

Jesús Maeso, historiador y autor consolidado de novela histórica, trata en Comanche una época fascinante y por desgracia bastante olvidada tanto en América como en España: el dominio español de gran parte de América del Norte, un vastísimo territorio que se extendía desde Texas hasta California y que, hacia el norte, alcanzaba Alaska y Canadá.

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Nosotros llegamos primero

El virreinato de Nueva España —explorado, cartografiado y abierto a la conquista por precursores como Álvar Cabeza de Vaca, Hernando de Soto o Juan de Oñate— era un mundo inmenso. Poblado por tribus indígenas casi siempre hostiles, rico en recursos y codiciado por los enemigos de España: Francia y Reino Unido. El reino español fue, de hecho, un aliado clave de las colonias inglesas en su lucha por la independencia, pues le interesaba impedir la expansión británica por el continente.

El primer hombre blanco en ver un bisonte fue un español. Igual que fueron españoles los primeros en entrar en contacto con los indios apaches, comanches y otras tribus —navajos, pueblo, zuni, sumas, pimas, hopis, yumas—. Fue tal la impronta española que a su llegada, los anglosajones se encontraron a tribus indias cristianizadas que habían asimilado la lengua y la cultura castellanas.

Son muchos los historiadores que reclaman este legado. Y que desean desmentir la imagen de una Frontera en la que colonos anglosajones se enfrentaban, en su expansión hacia el oeste, con un mundo virgen jamás hollado por hombres blancos. Elvira Roca, historiadora de cabecera del cuñao patrio, escribe artículos como este. Con obviedades que conoce cualquier amante del western que haya visto Fort Apache en versión original.

Un puñado de dragones

Para defender unos dominios tan inabarcables, el Imperio Español contaba únicamente con unos pocos hombres, tal vez los más valientes y más esforzados que jamás sirviesen al rey de España: los dragones de cuera o dragones presidiales.

Eran jinetes diestros que, armados con lanza, arcabuz, espada y escudo, tocados con sombrero cordobés y protegidos solamente por un chaleco de cuero —la cuera que les daba nombre— luchaban en territorio siempre hostil, los confines del Imperio y su frontera más dura y olvidada.

Recorriendo leguas y leguas de terreno bajo el sol de Texas, Arizona o Nuevo México, los dragones siempre luchaban en inferioridad numérica. Siempre expuestos a emboscadas y siempre enfrentándose a lo desconocido. Pero eran tipos duros, corajudos, valientes y con un sentido del deber y del honor exacerbados. Españoles o criollos, siempre soldados del rey de España que sometieron a navajos, apaches y comanches y los asimilaron al Imperio.

Y sus presidios

Los Presidios que les servían de base de operaciones eran fortificaciones amuralladas —con muros de adobe o tepes, o empalizadas de madera—, con espacio para un regimiento de dragones y soldados, sus familias y personal auxiliar —frailes, herreros, armeros…—. Nos vamos así a la quinta acepción de la RAE para el término:  «Presidio» deriva de «Presidir», de ocupar un lugar destacado, de campear en territorio enemigo. Como siempre fue propio de los españoles, de ser más chulo que nadie.

Jesús Maeso ilustra la vida cotidiana en los presidios, como lo hace Álber Vázquez en su serie sobre Las batallas hispano-apaches en el salvaje norte de América. Así conocemos cómo se organizaban esos microcosmos, de una forma similar a la que John Ford mostró la vida en un fuerte de la caballería estadounidense en la citada Fort Apache o en La legión invencible. También aquí asistiremos a la incertidumbre con el que las mujeres de los dragones, valientes y abnegadas, afrontan cada salida del presidio de unos hombres que tal vez nunca regresen.

La lección de historia de Jesús Maeso

Comanche narra hechos reales —la campaña de los españoles contra los indios comanches del jefe Cuerno Verde— a través de la vida de un dragón presidial, Martín de Arrellano, desde que es un niño y su padre, sargento de dragones, muere en una escaramuza contra Cuerno Verde, hasta su adultez. Martín consagra su vida a vengar a su padre, y terminará siendo capitán de dragones, luchando contra los indios y acometiendo misiones de espionaje que lo llevan a California y a las Islas Auletianas, donde conocerá a la princesa Aolani. El periplo de Martín pasará también por Madrid y Roma, y le servirá para llevar expandir sus ideas ilustradas —es masón— al Nuevo Mundo.

Por Comanche pasan personajes reales como Juan de Anza, el rey Carlos III, el papa Pío VI, fray Junípero Serra, Matías de Gálvez, el jefe Cuerno Verde o su sucesor Ecueracapa, que encajan bien en la trama e interactúan con los protagonistas de forma creíble.

Hechos reales

La novela de Jesús Maeso es una lección de historia, un relato divulgativo que aporta un montón de información muy cuidada, desde fechas y datos geográficos hasta el más diminuto detalle de la panoplia de los dragones, como las capas de cuero que componían la cuera —siete— o los colores de los ribetes del uniforme.

Comanche se sitúa en una época en la que los apaches ya están asimilados al Imperio —al menos los lipán—, mientras que en las novelas de Álber Vázquez aún son el enemigo a combatir. Ahora el escollo son los comanches, mucho más belicosos, que odian por igual a apaches, españoles y todos aquellos que ocupan las tierras que ellos consideran su posesión legítima. Sabemos que comanche significa «enemigo que quiere guerrear con todos todo el tiempo».

Comanche: Desmintiendo mitos

Una creencia generalizada es que fueron la única tribu india que los españoles no pudieron someter.  Como afirma Philip Meyer en su novela El hijo, los comanches «detuvieron en seco a los españoles y empujaron a los apaches hasta el mar». Jesús Maeso va a desmentir esta afirmación.

Su novela narra cómo los dragones españoles vencieron a los comanches hasta que estos aceptaron un armisticio. Es difícil, para los españoles actuales, asomarnos a nuestro pasado, con sus luces y sus sombras. Pero debemos admitir que, aun en su brutalidad, el Imperio Español optó por la asimilación antes que por el exterminio, y buscó la paz —impuesta por la fuerza, pero paz— siempre que fue posible.

Eso implicaba treguas y amplias concesiones a los indígenas, como ilustra Comanche. Tras someter a los comanches, el gobernador español, Juan de Anza, renunció a destruirlos por completo y a cambio les concedió privilegios y derechos en la Paz de Anza, asegurándose su lealtad a la corona española.

Y es que hechos como la rebelión de los indios pueblo enseñaron a los españoles que se cazaban más moscas con miel que con vinagre. Establecieron con los comanches una entente que incluso, como narra Maeso, les convertía en aliados ante terceros.

Un pacto de no-agresión mutua que no respetaron quienes vinieron después, unos anglosajones dispuestos a apoderarse de cada pedazo de tierra del continente aniquilando al 80% de su población indigena.

Es decir…

Tal vez, la historia que conocemos habría sido muy distinta si quienes sucedieron a los españoles en el norte de América hubiesen respetado sus pactos con las tribus indias. En su lugar, lo que vino después lo conocemos todos: las guerras Apache, las guerras Comanche, las guerras Sioux, el trail of tears y «matar al indio, salvar al hombre».

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La novela

Comanche es una buena novela histórica en términos generales. No le sobra una página. Tiene un buen ritmo narrativo, y la trama es verosímil. Para mi gusto personal las batallas están resueltas de forma muy sucinta, se hacen cortas. Estoy más acostumbrado al estilo de Álber Vázquez, más pulp y revertiano, con sus batallas épicas a lo Robert E. Howard.

Un hecho curioso es la crudeza y la crueldad que Jesús Maeso otorga a sus comanches. Cuando escribí Luna Comanche, incluí una escena en la que una partida de estos asaltaba una misión franciscana, la saqueaba e incendiaba, mataba a sus habitantes y torturaba a los frailes. Preocupado por la posible acogida de la novela, añadí una nota final en la explicaba que no había una identificación narrador-autor.

Leída Comanche, mi nota sobraba. Al lado de los comanches de Jesús Maeso los míos parecen monjas ursulinas. Aquí asesinan, torturan, descalabran a sus víctimas por placer, comercian con esclavos, violan, abusan sexualmente de niñas en público… El autor no tuvo mis dudas para reflejar prácticas que se saben reales y documentadas, y las justifica por la ferocidad intrínseca de los comanches, por su rapacidad natural y su odio feral a todo y a todos.

Como aspecto menos convincente del texto, los diálogos se ven artificiosos, poco naturales, tanto los de los españoles como los de los indios. Todos emplean un registro culto, que nunca cambia al coloquial. Se nota también un cierto maniqueísmo, una búsqueda algo forzada de resaltar la nobleza o la vileza de los personajes, en los que no hay zonas grises. Los apaches, por ejemplos, aparecen como aliados inveterados de los españoles y un pueblo pacífico asimilado al Imperio, obviando que su alianza procede de un sometimiento previo, el que ambienta las citadas novelas de Álber Vázquez.

Un western muy recomendable

Jesús Maeso es un amante del western y logra transmitirle a Comanche el ritmo de una buena historia del género. Existe un equilibrio adecuado entre ficción y divulgación, y es un retrato muy atractivo del crisol de pueblos y culturas que fue la Frontera, tal vez irrepetible. Un acercamiento ameno y necesario a la figura de los dragones de cuera, tan injustamente olvidados y un precedente claro de la caballería estadounidense, el modelo para ella. Por otra parte, cualquiera puede constatar que Comanche narra hechos históricos: el tocado de Cuerno Verde puede contemplarse, en efecto, en el Museo Vaticano.

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