Eva: ¿Qué ves cuando cierras los ojos? (Roboces 2)

El cine español de ciencia ficción tiene que ser, por pura necesidad, artesanal e intimista. Con presupuestos siempre limitados, no puede permitirse grandes despliegues de efectos especiales, y debe basarse más en la trama y la atmósfera. Es lo que hizo Kiké Maíllo (Cuánto. Más allá del dinero, Toro) en Eva, su película de 2011. Maíllo tira de oficio para abordar la ética de la robótica.

Retorno a los orígenes

Eva cuenta la historia de un retorno. Alex Garel (Daniel Brühl) es un genio de la robótica, tímido y poco sociable. Y regresa a la universidad en la que se formó como robotista para participar en un proyecto de diseño de un niño-robot. El trabajo, coordinado por Julia (Anne Canovas), le reunirá con su hermano David (Alberto Ammann) y con su antigua prometida, Lana Levy (Marta Etura). Ahora David y Lana son pareja y tienen una hija, Eva (Claudia Vega).

Eva (2011), una película de Kiké Maíllo sobre robótica y sentimientos - KindleGarten

Alex aparece en escena junto a su nueva creación: un gato-robot que no obedece órdenes de nadie, el primer robot con libre albedrío. Y se le asigna otro robot como mayordomo, Max (Lluís Homar), que deja algunos de los mejores momentos de la cinta.

Algo pasa con Eva

Desde el primer momento, Alex se fascina y se intriga con Eva. Pero la trama no es ningún trasunto de Lolita, pese a que Eva llame a Alex «pervertido» y bromee sobre su fijación con ella. Eva es una niña extrovertida, alegre, descarada y muy madura para su edad. Y tiene unas aptitudes atléticas que le permiten dar volteretas como una gimnasta olímpica o subirse al techo de un automóvil de un salto.

No desvelaremos nada si anticipamos aquí lo que todo el mundo se imagina ya, porque se ve venir: Eva es un robot. Uno muy avanzado, muy perfeccionado, que incorpora elementos de diseño en los que Alex ya trabajaba en su anterior estancia en la universidad.

Ahora bien, no lo sabe. Y gran parte de la trama escrita por Sergi Belbel y dirigida por Maíllo se basará en las implicaciones éticas de la naturaleza robótica.

«¿Qué ves cuando cierras los ojos?»

En el mundo de Eva, todos los robots tienen un mecanismo de seguridad, una safeword, una frase que los desactiva. Este Klaatu barada nikto es idéntico para todos: «¿Qué ves cuando cierras los ojos?»

Y la escucharemos varias veces. En su visita a los laboratorios de la universidad, Alex presencia un experimento: el alumnado está probando unos pequeños caballitos robot que corren en una cinta mecánica. Uno de ellos se descontrola y el alumno lo desactiva. Alex lo abronca. Al desactivarlo ha matado su esencia, su entidad. Una vez reprogramado el robot ya jamás será el mismo.

Más adelante, Alex se ve obligado a desactivar al prototipo en el que trabaja. Un robot-niño al que está dotando de personalidad, y que termina rebelándose contra él e intentado agredirle. En el universo de Eva, las inteligencias artificiales no son asimovianas.

Ética para robots, y sobre robots

En Eva tenemos subtrama romántica y un triángulo amoroso clásico. La atracción entre Alex y Lana se renueva con el regreso, y la tensión entre los dos hermanos también. Por otra parte tenemos la relación entre Alex y Eva, y el papel de esta última en la vida de sus padre adoptivos, Lana y David.

Pero aquí nos importan los roboces, y el punto fuerte de Eva sobre esto es su reflexión sobre la ética implícita a la robótica. ¿Un robot es una simple IA, una máquina, una herramienta, algo descartable sin remordimientos? ¿O es un individuo, un sujeto de derechos? ¿Todo por que se parece a nosotros?

Eva (2011), una película de Kiké Maíllo sobre robótica y sentimientos - KindleGarten

Por ejemplo, Max, el mayordomo, se gana la simpatía del público enseguida, tan humano que nadie diría que sea un robot. Su mejor escena: Alex le pide que disminuya su «nivel de emotividad» y la cara de Max cambia al instante. Por no mencionar al gato. Que, salvo por el detalle de ser un CGI muy cantoso, es divertidísimo con su chulería y por cómo se pasea por ahí sin dar explicaciones a nadie.

Y después está Eva. Un punto repelente, algo redicha, pero una niña al fin y al cabo. Inocente de su situación y que en los pasajes finales intenta transmitir humanidad. (Suelo ser muy condescendiente con los actores infantiles, pero la interpretación de Claudia Vega es muy pobre. A lo que no colabora que parezca leer los diálogos. La joven después continuaría trabajando —se la pudo ver en la serie Merlí— y mejorando como actriz).

Eva: una buena idea, una realización mejorable

Roboces aparte, lo mejor de Eva es su ambientación. Estamos en un futuro inmediato, y parece que la humanidad (al menos en el país europeo donde transcurre la historia) vive ahora en pequeñas localidades semirrurales, en viviendas unifamiliares y entornos tranquilos, no masificados, acogedores y poco contaminados.

Eva (2011), una película de Kiké Maíllo sobre robótica y sentimientos - KindleGarten

Rodada entre Suiza y las Islas Canarias, Eva transcurre en un paisaje nevado, una blancura casi permanente en la que Eva destaca con su abrigo rojo. Un elemento de color diferenciador que tal vez simbolice lo distinta y única que es. La fotografía es, de cualquier modo, una de las grandes bazas de la cinta.

La ambientación atompunk es acertada, con una tecnología y unas ropas que combinan coches de nuestra época con gramófonos modernizados, mucha madera y todo cuanto dé sensación de calidez.

Pero Eva se ve lastrada por varios factores. Uno, las interpretaciones planas, desapasionadas, de Alberto Ammann y Marta Etura. Salva el resultado Daniel Brühl, un actor que puede defender cualquier papel, y al que escuchamos con su propia voz (como en Malditos Bastardos. Nacido en Barcelona, habla castellano y catalán además de alemán y otros idiomas).

El otro factor es la zozobra a la hora de tratar los dilemas éticos del protagonista sobre la robótica. Vemos que pronunciar la safeword es para él la última alternativa, pero sin embargo se contradice empleándola varias veces cuando tal vez tuviese otras opciones. Al guión le hubiese venido bien un poco más de consistencia, pero los guionistas prefirieron centrarse más en la trama amorosa que en la robustez de su novum de ciencia ficción.

El apartado visual, a la española

Ya dijimos que las cintas fantásticas españolas no suelen abundar en presupuesto, y Eva no es la excepción. Así que no tira mucho de CGI. Cuando lo hace, hay momentos mejorables (el citado gatobot) y otros excelentes, como el citado caballito robot, el mejor efecto de la película.

Y momentos que rompen la armonía de la ambientación. Cuando Alex despliega su ordenador virtual, donde toda la información flota en el aire en tres dimensiones y se maneja con gestos y órdenes verbales, se traiciona la estética atompunk. Combinado con el prototipo de robot-niño, logra el efecto contrario al que buscaba, que era epatar. Mejor hubiera sido una pantalla, de aspecto retro como otras que se ven en el lugar.

Los roboces tienen sentimientos

Kiké Maíllo declaró que Eva trataba, en realidad, sobre los sentimientos, sobre nuestras emociones como humanos. Como siempre, la ciencia ficción es el campo perfecto para ellos, si nos miramos en los robots humanoides para vernos desde fuera.

Eva recogió buenas críticas, incluso de tiquismiquis profesionales como Carlos Boyero. Doce candidaturas a los Goya (ganó tres, uno para Lluís Homar. Claudia Vega no pudo ser nominada como actriz revelación por ser menor de edad) y menciones en festivales como la Mostra de Venecia.

Siendo el primer largometraje de su director, Eva pincha en algunos aspectos, pero al menos nos deja un buen novum y la sensación de delicadeza y fragilidad que transmiten su escenario y su ambientación. Un año 2041 con el que soñar.

Eva (2011), una película de Kiké Maíllo sobre robótica y sentimientos - KindleGarten

Y un gatobot.

Bloguero, escritor y redactor de contenidos. Colaborador de las revistas Windumanoth, HyperSpace y Libros Prohibidos, y del podcast El Sótano de Radio Belgrado. Miembro de la revista Tantrum y del colectivo Inicia Literaria. Autor de Leyendas del Colt con el seudónimo Kenneth James.
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