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Victoria Álvarez: Silverville (Séptimo de Burrería 7)

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Victoria Álvarez es una de la autoras españolas de literatura juvenil con más proyección de la actualidad. Es bastante prolífica —en 2018 publicó dos novelas, esta y La costa de Alabastro— y sus libros son muy populares entre el público joven adulto. Historiadora del arte y profesora universitaria en Salamanca, suele ubicar sus novelas en el siglo XIX o principios del XX. Época que conoce bien, pues su tesis doctoral trató sobre la literatura decimonónica. Así, para Silverville eligió como escenario la Frontera estadounidense, año 1872, en los últimos coletazos de esa época y lugar fascinantes que aquí conocemos como Salvaje Oeste —Wild West— o Lejano Oeste —Far West—. La autora ha preferido emplear el término usado por los amantes del western, el que emplean sus historiadores: la Frontera.

Silverville: un western sin olor a pólvora

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que Silverville está dirigida al público juvenil. Y que satisface todas las expectativas de su público objetivo —ahí están las valoraciones en Goodreads para comprobarlo— porque contiene los elementos que estos esperan encontrar: romance, representación de la diversidad, personajes femeninos fuertes e independientes… Pero la novela de Victoria Álvarez no es un western, es un folletín decimonónico ambientado en la Frontera.

Sirve así para alimentar el debate de si pertenece al western toda historia que transcurra en la Frontera, con lo cual lo sería hasta La casa de la pradera, o si lo que constituye el género son una serie de elementos que permiten que consideremos westerns películas como La jungla esmeralda u Oro, aunque transcurran en otros lugares y épocas.

Podría ser, en este aspecto, un western reflexivo, costumbrista, crudo en su realismo al estilo de Dorothy M. Johnson. O con el punto intimista de los relatos de Jack Schaefer. Pero, aún con sus tiroteos, persecuciones a la diligencia y pueblos incendiados, Silverville no huele a pólvora.

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Un escenario creíble

Lo mejor de Silverville es la adecuada recreación de una pequeña ciudad fronteriza, en este caso en Colorado, un pueblo minero ya consolidado, más urbano y civilizado que el simple campamento de El árbol del ahorcado o que Deadwood, retrato robot de toda ciudad-hongo estadounidense nacida en torno a una mina.

Victoria Álvarez se documentó mucho y bien para crear su visión personal de la Frontera —como curiosidad, uno de los libros citados en la bibliografía es obra de Vardis Fisher—, y logra plasmarla en un retrato realista, donde cuida los pequeños detalles cotidianos. Consigue eso tan difícil en la novela histórica: que la documentación no se note, que todo se vea natural y no te caiga encima un ladrillo de infodumping.

El folletín

Este escenario ambienta una historia que, como avanzamos, está más referenciada a la obra de autores como Alejandro Dumas que al western, sea histórico o pulp. Silverville cuenta una historia de venganza, planeada y alimentada a lo largo de los años. Grace Mallorie llega a Silverville para ocupar la mansión de su familia política, de la que es heredero John, su marido. Allí maquina su revancha sobre los Lawrence, antiguos socios de los Mallory en una productiva mina de plata. Ahora son la familia más rica del pueblo, tras haber sido partícipes de una conjura para matar al padre de John y quedarse su parte de la mina.

Para su plan, Grace contará con la ayuda de las prostitutas del saloon, a las que convierte en sus asistentas, y de un apuesto forajido al que contrata como criado y por el que acaba desarrollando un interés romántico, como era de esperar.

Los manejos de Grace, la complicidad de sus criados, los remordimientos de quienes conjuraron contra el viejo Mallory, todo el desarrollo de la trama, beben de El conde de Montecristo y folletines similares. Lo que incluye su ritmo de novela por entregas, los giros argumentales y la forma en la que se van desvelando datos y oscuros secretos del pasado de los personajes. Y explica también la abultada extensión de la novela —521 páginas—, que se podría condensar en la mitad.

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Inverosímil pero correcta

Silverville no logra la suspensión de incredulidad, por lo rocambolesco de su trama, pero tampoco rompe el pacto con el lector y posee un núcleo argumental sólido.

Los personajes de Victoria Álvarez tienen los suficientes claroscuros para sentirse reales. Se ven bien cosidos, aun cayendo algunos en estereotipos, como la prostituta de buen corazón o el bandido romántico. Al menos no hay maniqueísmo y la protagonista no es la Emperatriz de todas las cosas (para el público young adult, una Mary Sue.

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La portada

Portada y sinopsis hacían temerse lo peor: un remedo de westerns posmodernos y carentes de rigor como Rápida y mortal. Pero Silverville avanza por otros derroteros. Como decíamos, y fuera del debate de si se ajusta a los cánones del western, Silverville gustará y mucho a los lectores habituales de literatura juvenil. Victoria Álvarez define bien los personajes femeninos y crea dos mujeres fuertes, Grace y Rudy, de las que por mi parte empaticé más con la segunda, la que más me recordó a las mujeres retratadas por Dorothy M. Johnson o Alan LeMay. Al menos están más cerca de mi idea de mujer en el western —Maggie de La última galopada, Mattie de Valor de ley, Rosalee de Hostiles o la abuela Sarah, de El rebelde Josey Wales— que de Sharon Stone haciendo de pistolera improbable.

Es un gran acierto también el modo en el que están retratadas la diversidad afectiva y la represiva moral de la época. También el delicado modo de narrar cómo un personaje descubre su orientación sexual y se cuestiona su vida hasta el momento. La sociedad reprimida y pacata está bien representada por las damas del Movimiento por la Templanza, tan odiosas en su mojigatería y tan tóxicas que merecerían correr el mismo destino que sus homólogas de Grupo Salvaje.

De modo que Silverville es una gran novela para su público diana. Para los viejos aficionados al western, un entretenimiento y una curiosidad.

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Bloguero, escritor y redactor de contenidos. Colaborador de las revistas Windumanoth, HyperSpace y Libros Prohibidos, y del podcast El Sótano de Radio Belgrado. Miembro de la revista Tantrum y del colectivo Inicia Literaria. Autor de Leyendas del Colt con el seudónimo Kenneth James.
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