The Stand 2020 - Stephen King - KindleGarten

The Stand, regresa el apocalipsis de Stephen King

The Stand, la novela posapocalíptica de Stephen King publicada como La danza de la muerte primero y como Apocalipsis después (en su versión completa de casi 1600 páginas), volvió a la actualidad en el 2020.

¿El motivo? Su argumento: un virus desarrollado en un laboratorio militar estadounidense se filtra al mundo exterior y provoca una pandemia que acaba con el 99% de la especie humana.

El 1% restante (al menos la que queda en los EUA, donde transcurre la trama) se divide en dos bandos (El Bien y el Mal). Las personas nobles y bondadosas se reúnen en Boulder, Colorado, en torno a Madre Abigail, una amable mujer negra de más de 100 años de edad. Y las personas malvadas lo harán en Las Vegas alrededor de un hombre oscuro y con poderes mágicos llamado Randall Flagg.

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Flagg, el gran villano del universo literario de Stephen King (junto al Rey Carmesí), busca la sumisión de toda la humanidad, lo que implica la destrucción de los supervivientes de Boulder. Crisis de fe en ambos bandos, traiciones, sacrificios voluntariosos, martirios y muchas alegorías religiosas serán los motores de la trama.

La idea no era nueva: King siempre reconoció que The Stand estaba inspirada en La tierra permanece (Earth Abides) de George R. Stewart, publicada en 1949. Que a su vez debía mucho a La peste escarlata (The Scarlet Plague), obra de Jack London, de 1912. Remontándonos más, Mary Shelley había publicado en 1826 El último hombre (The Last Man), la primera novela sobre un futuro distópico causado por una plaga.

La versión de 1994

En 1994 The Stand ya tuviera una primera adaptación, una miniserie televisiva de cuatro capítulos obra de Laurel Entertainment, productora que por entonces manejaba los derechos de varias obras de King. Dirigida por Mick Garris, artesano del cine de terror, y con caras conocidas en el reparto como Gary Sinise, Miguel Ferrer, Rob Lowe o el director Tom Holland, aquella primera Apocalipsis tenía muchos defectos (propios de su época) y unos cuantos aciertos que la vuelven simpática y logran que, con los años, se le haya tomado cariño. En España la emitió Tele5 y se comercializó en DVD, y tuvo una cierta popularidad en un momento en el que las miniseries funcionaban muy bien y se reponían con frecuencia.

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En 2020 el canal de televisión CBS lanzó una nueva versión, ahora rodada en formato cinematográfico, con nueve capítulos y con bastantes más medios que la anterior: seis directores, entre ellos Vincenzo Natali, ocho guionistas, que incluyen a Owen King, el hijo del autor, y un extensísimo elenco donde destacan James Marsden, Amber Heard, Heather Graham o Greg Kinnear. Madre Abigail es Whoopi Goldberg y Randall Flagg el sueco Alexander Skarsgård.

¿Qué podría salir mal?

Pues, aun con su presupuesto y con los nombres que la avalan, esta nueva The Stand padece de lo mismo que su antepasada: sus bondades y sus defectos se reparten amistosamente a un 50-50%. Vamos a verlos:

El reparto bien, los personajes no tanto

Tal vez Apocalipsis no sea Guerra y Paz, pero con 1600 paginazas Stephen King tuvo tiempo a desarrollar sus personajes con todo detalle, de darles profundidad y motivaciones. En esta adaptación, por el contrario, están apenas bosquejados, algunos parecen surgir de la nada y de otros, como Nick Andros, conocemos su historia por dos líneas de diálogo. La relación física entre Nadine Cross (Amber Heard) y Harold Lauder (Owen Teague, villano en la It de 2017), que en la novela era un tema central porque desencadena los acontecimientos, aquí se trata de pasada.

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Como en la versión de 1994, el gran perjudicado es Trashcan. Un personaje crucial para la trama, que queda reducido a un tipo excéntrico y perturbado que corretea por ahí medio desnudo y hablando solo.

En esta ocasión, y de acuerdo a la demanda actual de representación de la diversidad, muchos personajes han cambiado de raza o de sexo. Larry Underwood es negro, Nick Andros hispano, Ralph Brentner pasa a ser Ray Brentner, una mujer india, y el juez Richard Farris se convierte en la jueza Harris. También se ha actualizado la figura de Tom Cullen, que ahora es consciente de su situación de discapacidad y de que padece retraso psicomotor.

Las Vegas, más manierista

En la novela, King especifica que en Las Vegas «nunca había nadie ocioso», sin embargo aquí es una bacanal constante, desenfrenada y decadente. En el bando de Flagg, las interpretaciones son histriónicas y manieristas. Lloyd, el lugarteniente de Flagg, pasa continuamente de la languidez amanerada a la histeria, frente a la interpretación sobria y medida de Miguel Ferrer en la versión de los 90.

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Randall Flagg tiene un largo discurso sobre la libertad, y no deja de ser curioso. Porque además de plantear el enfrentamiento entre el Bien absoluto y el Mal absoluto, esta adaptación parece mostrar también la oposición entre la socialdemocracia y el liberalismo: el discurso de Flagg podría ser el de un neoliberal, hablando de Libertad cuando en su ciudad hay ciudadanos libres, siervos y esclavos, y la vida regalada de orgías y diversión está reservada a unos pocos privilegiados, mientras los demás trabajan sin descanso en tareas pesadas.

Con todo, Alexander Skarsgård resulta un buen Flagg, en particular cuando modera su actuación. Aunque deja un momento bastante bochornoso: Flagg bailando como yo en las bodas.

Más visual

Una de las virtudes de esta The Stand de 2020 es el apartado formal. Todo resulta más visual, y el contraste entre la parsimoniosa Boulder y la grandilocuente Las Vegas es muy expresiva. Lo mismo los abundantes planos de grandes espacios naturales, o las imágenes de la pandemia, donde la enfermedad se muestra con el grado de viscosidad de la novela (el «cuello de neumático» aparece de una manera muy leal al texto).

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Escenas como la agonía de Harold Lauder son ahora muy impactantes (se convierte en una alegoría de la crucifixión) y no hay reparos en mostrar suicidios y muertes en primer plano, tanto como escenas de sexo o consumo de drogas.

La trama pierde fuerza

La novela y su adaptación anterior eran historias lineales, en las que King iba saltando entre personajes hasta que todos confluían en Boulder o Las Vegas, y a partir de ahí continuaba la linealidad. Ahora, en cambio, los guionistas optaron por comenzar in media res y narrar la historia con continuas analepsis y prolepsis.

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El resultado es una trama que no se acaba de entender (o cuya fuerza no se termina de apreciar) si no se conoce previamente la novela. Porque hay muchas lagunas, demasiadas elipsis, y se condensan ideas en exceso. Así la propia puesta en escena de la pandemia pierde expresividad, no termina de transmitir su magnitud porque se apuesta todo a lo visual frente a lo diegético. Por oposición, Stephen King, en su texto, dedicaba páginas y páginas a que nos quedase claro el peso del escenario.

Igualmente resulta complejo, en ocasiones, distinguir entre las escenas reales y las ensoñaciones. Cuando Larry Underwood ve a su madre flotando en las alcantarillas, por ejemplo, cuesta discernir si es una alucinación. Tal vez sea intencional, pero no funciona bien.

Una estructuración mejorable

Del mismo modo que ocho capítulos parecen no bastar para contar la historia completa (pero más cansarían), se incluye un noveno capítulo en forma de larguísimo epílogo, que solo gana interés en el último tramo, cuando la serie concluye igual que la novela. Lo que se agradece, porque incide en el carácter multidimensional de Flagg.

Podríamos decir que la historia quedaba cerrada en el episodio anterior, aunque el desenlace en Las Vegas sea algo torpe, en cuando se deja todo en manos de un deus ex machina poco comprensible (en la novela se entiende mejor), mientras que la intervención de Trashcan es algo casi accesoria, y no tiene la función de «apocalipsis dentro del apocalipsis» que cumplía en la novela.

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Al menos este noveno episodio hace justicia a la figura de Madre Abigail, papel que no da pie a Whoopi Goldberg para su habitual locuacidad.

Tampoco carece de sentido que se centre en Stu y Frannie, después de que tuviesen los papeles centrales durante toda la serie. La última conversación entre Madre Abigail y Frannie culminaría el fuerte tono alegórico religioso de toda la serie, casi como si fuese una Anunciación o la bendición de Frannie como Madre de Naciones. Ya antes se nos mostró la travesía en el desierto de Stu y los otros tres elegidos por Dios, sin poder llevar más que sus ropas y confiando el resto a la Providencia, como el pueblo judío en el Éxodo.

Cambios y actualizaciones

Esta nueva The Stand traslada la acción a su época contemporánea, como ya hiciera la de 1994. Madre Abigail ya no vive sola en su cabaña entre maizales, sino en un residencia de ancianos. Tal vez porque el mundo del que procedía en la novela, contando su avanzadísima edad (personas negras pobres, atrasadas y devotas cultivando el campo y viviendo en cabañas sin luz eléctrica o agua corriente) se vea un pasado muy remoto hoy, o porque a la mentalidad actual parezca racista.

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De igual modo, se ignoran los problemas económicos de Larry Underwood por culpa de sus adicciones, cambiados aquí por una traición a un amigo por la autoría de sus canciones. Por cierto, Baby, Can You Dig Your Man? también suena diferente. Glen Bateman, por su parte, rejuvenece, fuma cigarillos electrónicos y es una especie de «viejo profesor», un típico votante demócrata. Y que físicamente recuerda un montón a Stephen King.

King, quien no aparece en los créditos salvo como autor de la novela, ni tal solo como productor ejecutivo (aunque según IMDB escribió el guión del último episodio), hace su habitual cameo, en este caso con bastante humor y al estilo de Alfred Hitchcock en Náufragos (Lifeboat).

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Más agradecido es otro guiño al universo King: una botella de vino Castle 19, en evidente referencia a la ciudad de Castle Rock y al número 19 tan presente en la obra del autor.

Buena música

Y ya que hablábamos de la intradiegética Baby, Can You Dig Your Man?, dediquemos un último apartado a la música heterodiegética, uno de los detalles más cuidados de la serie. No solo los temas originales de Mike Mogis y Nate Walcott son muy solventes, sino que incluye un montón de canciones conocidas y alegóricas de los acontecimientos. Al final de cada episodio una canción acompaña a los títulos de crédito, impresos sobre imágenes también alegóricas.

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Suenan Johnny Cash, Jefferson Airplane, Lou Reed, Blue Öyster Cult, Black Sabbath… Se puede escuchar en Spotify.

Tampoco es una oportunidad perdida

Para muchos, Stephen King está gafado en cuanto a su pase del papel al audiovisual. Y aunque las últimas adaptaciones de King a la televisión por parte de Netflix (1922, En la hierba alta, El juego de Gerald) o Spike (la fracasada serie La Niebla) no sean las mejores posibles, directores como Bob Reiner (Cuenta Conmigo) y Frank Daramont (Cadena Perpetua, La milla verde, La Niebla) ya desmintieron con hechos la creencia de que la obra de King no soporta el cambio de formato.

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The Stand se queda el medio. Brillante en lo formal, mejorable en el contenido, con una buen apartado técnico pero una narrativa caótica, demasiado dependiente del conocimiento previo del original, no es un fracaso rotundo como tal vez fue la-alargada-demasiado 22/11/63. Aunque con un mercado televisivo tan saturado y reñido como el actual, se quedará en carne de catálogo, condenada a engrosar el fondo de armario de las plataformas de streaming.

2 respuestas a «The Stand, regresa el apocalipsis de Stephen King»

  1. Como siempre leerte es un tremendo placer, que me da gusto encontrarme con tus ideas tan bien elaboradas (ojalá y llegara a tu nivel, que lejos soy mucho más simple que tú)… Creo que te gustó más que a mí esta versión, la que ya sabrás terminé por detestar; en cambio amo la versión de Mick Garris.

    1. Hola, Elwin, qué placer tenerte por aquí, y leer un comentario que no sea spam de un bot ruso.

      Por cierto, al aprobarte este comentario ya no tienes que volver a pasar moderación. Aprovecho para comentarte que abrí de nuevo los comentarios de todas las entradas, antiguas incluidas.

      Sobre la serie, me gustó pero no me enamoró. Parecido me ocurre con casi todas las series que veo últimamente: son brillantes en todo el apartado técnico, pero no me llenan con sus tramas o sus narraciones.

      En cuanto a la versión de Mick Garris, le tengo un enorme cariño y la vi varias veces, aunque creo que tiene tics y defectos propios de los 90 y de otra forma de hacer televisión.

      El reparto, en cualquier caso, lo tenía tan presente que estas nuevas encarnaciones de los personajes no me acabaron de convencer. Esto es algo que me pasó también con «It»

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